Dos factores marcan este periodo: los repartimientos y la incorporación a la estructura administrativa del Reino de Castilla y la pervivencia de formas de vida del mundo musulmán a traves de la población que decidió permanecer en sus lugares de origen.
Tras la toma de Carmona, Fernando III dió forma a un pacto que permitía a los musulmanes conservar sus propiedades y mantener sus residencias. Otorgó un fuero municipal a la ciudad, a la que decidió incluir en la categoría de señorío de realengo.
Del texto del repartimiento de Carmona se conserva una copia de siglo XV, que se supone bastante fiel con respecto al documento original. Al repartimiento inicial de Fernando III se superpone el de Alfonso X en el que se distinguen claramente dos secciones, en función del destinatario de las propiedades distribuidas: "donadíos" cuando los beneficiarios son miembros de la familia real u Ordenes Militares y "heredamientos" cuando son concedidas a los pobladores propiamente dichos.
Los donadíos estaban integrados por casas y por grandes extensiones de tierra, estructuradas en función de un módulo que establecía como unidad el "cortijo" (250-900 ha.); los heredamientos eran lotes notablemente menores. Según la categoría del repoblador (caballeros hidalgos, caballeros ciudadanos o peones), recibía un lote mas o menos rico. Los grandes beneficiados de este proceso administrativo fueron las Ordenes de Santiago y Calatrava y la misma Corona.
El panorama que se desprende del análisis del repartimiento de Carmona es el de una sociedad integrada por una mayoría de población musulmana sometida por una minoría de cristianos, castellano-leoneses fundamentalmente y, en menor medida, aragoneses y navarros, que tienen en sus manos el control de las instancias administrativas y las instituciones de gobierno. El porcentaje de musulmanes y mudéjares se reducirá sensiblemente por distintas circunstancias, entre ellas el incumplimiento de las capitulaciones que les aseguraba una vida en libertad. Esta permanencia de población musulmana se documenta rotundamente por vía arqueológica, ya que la cultura material no muestra el menor indicio de ruptura con la época inmediatamente anterior a la conquista. Por el contrario, cerámicas, fábricas constructivas y otros tantos elementos se insertan plenamente en la tradición islámica. Ejemplos visibles de este fenómeno los encontramos en determinados elementos conservados en algunas casas del barrio de Santiago y de la calle Ancha, auténticas reliquias de los alarifes mudéjares del XIV.
Alfonso X renovó los fueros municipales de Carmona, con la voluntad de uniformar jurídicamente los territorios incorporados a la Corona. Dotó a la ciudad de un término jurisdiccional propio, partiendo de la antigua cora de época islámica y segregando únicamente Marchena. Se trata de un territorio extensísimo, mucho mayor que la demarcación actual, que comprendía Fuentes de Andalucía, Mairena, El Viso y La Campana.
El periodo que sucede a la muerte de Alfonso X es difícil de reconstruir en Carmona, por la escasa documentación que se ha conservado. Su situación geoestratégica la hizo blanco, en numerosas ocasiones, de las razzias de los benimerines, depauperándose la zona como consecuencia de la situación de inseguridad crónica. Esta inseguridad era también propiciada por la conflictividad interna de la Corona de Castilla, ocasionada por los desórdenes políticos y las pugnas nobiliarias. En medio de este clima negativo, agravado en 1348 por los estragos que causa la Peste Negra, se inaugura el reinado de Pedro I (1350-1369) que, paradójicamente, se cerrará con un balance positivo para Carmona.
El gobierno de este rey, conocido por el apelativo de El Cruel, dejará en la ciudad importantes obras de arquitectura. Suya fue la decisión de restaurar el antiguo palacio musulman del Alcázar Real, que reforzó con una nueva barbacana y dos grandes torres cuadradas. Mandó también construir otra fortificación al otro lado de la Puerta de Córdoba, el Alcázar de la Reina, derribado parcialmente en 1501 con la autorización de Isabel la Católica. El Alcázar de Abajo o de la Puerta de Sevilla se vió acrecentado con la incorporación de los Salones de Presos y de otras estancias; en 1992 se fectuaron excavaciones arqueólogicas en la zona suroeste de la fortaleza, dando como resultado el hallazgo y documentación de una nueva sala de época de Pedro I. De la misma manera que los salones antes mencionados, esta estancia presenta decoraciones murales, de las que aún se conservan trazas.
Especial favor parece que otorgó el rey a la comunidad de judíos que habitaba, apartada, en el barrio de San Blas. No obstante, la presumible sinagoga que según la leyenda se halla bajo la iglesia, sería en todo caso anterior, ya que la construcción cristiana data precisamente de época de Pedro I.
Son también del periodo de Pedro I la mayor parte de las ermitas que salpican los alrededores de la ciudad: Nuestra Señora de la Antigua (donde hoy se levanta San Pedro), Santa Ana, San Sebastián, San Mateo, Santa Lucía.
Muerto el rey, Carmona se convierte en el último baluarte del partido petrista, alojando y protegiendo a sus hijos y fieles y soportando el asedio de Enrique de Trastámara hasta la capitulación de 1371.
DE LOS TRASTAMARA A LOS REYES CATOLICOS.
Las actas capitulares del Concejo carmonense hacen posible un conocimiento mas profundo de los cien años anteriores al gobierno de los Reyes Católicos. Progresivamente, el poder municipal es monopolizado de forma hereditaria por ciertos linajes. Nuevos señoríos jurisdiccionales aparecen en el término, otorgados por Enrique II como estrategia para garantizarse el apoyo de determinados grupos nobiliarios, en un periodo marcado por las luchas políticas entre la monarquía y la nobleza. Estas pugnas llegan a su punto culminante con el desencadenamiento de la guerra civil, a resultas de la cual es depuesto Enrique IV. La situación estratégica de Carmona, importante baza militar y política, trae consigo un periodo de desorden y grave conflictividad para la ciudad, que sólo superará con el comienzo del reinado de los Reyes Católicos.
El fin de la autonomía municipal lo marca el firme establecimiento del sistema de corregidores, funcionarios directamente dependientes de la Corona, en cuyas manos se depositan las riendas del poder local.
En esta etapa, Carmona adquiere muchos de los rasgos que caracterizan su fisonomía actual. Hacia 1411 se constituyen las collaciones parroquiales, germen de los actuales barrios: Santa María, Santiago, San Salvador, San Blas, San Felipe y San Bartolomé intramuros y San Pedro del Arrabal y San Mateo del Arrabal fuera de murallas. En 1424 se derriba la mezquita mayor para construir el templo principal de la ciudad, la Prioral de Santa María. 1463 es el año de la primera fundación conventual de Carmona, ciertamente tardía en comparación con otras ciudades, levántandose el convento de Santa Clara asomado a la Calle Mayor. En 1407 se alude por primera vez a la Plaza de San Salvador (Plaza de Arriba), delimitada por los edificios que albergaban las instituciones civiles y religiosas, además de por varias tiendas. Se refuerza el Alcázar Real con un fortín de artilleria, el Cubete, y se autoriza la demolición del Alcázar de la Reina. Trece cofradías mantenían nueve hospitales abiertos en la ciudad, a los que viene a sumarse el de la Misericordia y Caridad, fundado en 1498. Hacia el cambio de siglo, el Arrabal de San Pedro ha adquirido suficiente entidad como para albergar una serie de servicios que no ofrecía la Plaza de Arriba, desde la mancebía a las casas de postas y mesones, además de comercios de todo tipo, que se situaban estratégicamente a lo largo del camino de entrada a la ciudad. El mismo Matadero se levanta en 1503 cerca de lo que se había convertido en la zona de expansión de Carmona.
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Excmo.
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